top of page
  • YouTube
  • Instagram
  • Facebook
  • TikTok

¿Y si lo eterno irrumpiera en la rutina?

  • Foto del escritor: Ruth N. Márquez Castro
    Ruth N. Márquez Castro
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

Hay días que se parecen demasiado entre sí. Nos despertamos, respondemos mensajes, cumplimos responsabilidades, servimos, oramos, enseñamos, organizamos, acompañamos, dormimos… y volvemos a empezar. No todo lo repetido es malo. De hecho, muchas rutinas nos sostienen, nos dan estructura y nos ayudan a ser fieles en lo pequeño. Pero surge una pregunta honesta: ¿qué pasa cuando lo sagrado deja de sorprendernos?

 

Hace poco reflexionaba sobre la historia de Zacarías en Lucas 1:8–23. Él no estaba lejos de Dios, ni estaba viviendo en pecado, ni atravesaba una crisis espiritual. Simplemente estaba cumpliendo con su deber. Se encontraba en el templo, en su turno, haciendo lo que había hecho muchas veces antes. Y fue precisamente ahí —en lo de siempre— donde lo eterno irrumpió. Zacarías era un sacerdote fiel, constante y responsable. Sin embargo, ser sacerdote no necesariamente representaba para él una experiencia espiritual emocionante; era su trabajo, su agenda, parte de su identidad y, también, parte de su rutina.

 

Existen cosas que pueden volverse rutinarias sin dejar de ser buenas: orar, servir, congregarnos, acompañar procesos, enseñar la Palabra, criar en fe, estar disponibles para otros, entre muchas más. No son prácticas negativas; al contrario, son necesarias. Pero cuando dejan de sorprendernos, pueden dejar también de transformarnos. Tal vez el problema no es lo que hacemos, sino desde dónde lo hacemos.

 

Para muchos de nosotros —especialmente quienes crecimos cerca del ministerio— la fe no comenzó como un descubrimiento personal, sino como un ambiente constante. Aprendimos desde pequeños a orar en voz alta, a responder “correctamente”, a explicar a Dios a otros. Cuando esto ocurre, el riesgo no siempre es perder la fe; el riesgo puede ser acostumbrarnos a lo sagrado. Podemos llegar a vivir tan cerca de lo eterno que deja de asombrarnos.

 

Cuando el ángel se le aparece a Zacarías, el texto dice que él se turbó (Lucas 1:12–13), lo cual indica que todavía era capaz de asombrarse. Sin embargo, poco después duda (Lucas 1:18). Su duda no necesariamente nace de incredulidad, sino que podría estar marcada por el cansancio acumulado. Existen oraciones que dejamos de hacer no porque hayamos dejado de creer en Dios, sino porque ya no queremos volver a experimentar la decepción. Hay temporadas en las que la fe permanece, pero la expectativa se hace más pequeña. Esto no ocurre porque Dios haya dejado de hablar, sino porque nuestra vida se llena de tantas cosas que dejamos de esperar interrupciones divinas.

 

Zacarías no se encontraba en una etapa de comienzos; estaba en una etapa avanzada de su vida. Había orado, había esperado y había aprendido a convivir con el silencio. Cuando Dios habló, no fue que dejó de creer en Él; simplemente ya no esperaba algo nuevo. Recuperar el asombro no comienza esperando grandes milagros; a veces empieza atreviéndonos a esperar algo pequeño otra vez.


Cuando Zacarías duda, queda en silencio (Lucas 1:20). Sin embargo, ese silencio no debe entenderse como castigo, sino como espacio. Cuando crecemos rodeados de fe, aprendemos muy temprano a ponerle palabras a Dios. El problema no radica en tener palabras, sino en no dejar espacio para que Dios diga algo nuevo. A veces nuestra fe ha hablado mucho, pero ha escuchado poco. Tal vez volver a maravillarnos no requiera más mensajes, más contenido o más respuestas correctas; quizá requiera menos ruido. Zacarías no fue excluido del proceso. Dios lo dejó dentro de la historia, pero en silencio. En ocasiones no necesitamos producir más; necesitamos quedarnos callados el tiempo suficiente para notar si Dios está irrumpiendo de una manera distinta. Cuando Zacarías vuelve a hablar (Lucas 1:64), su primera palabra no es una explicación, sino adoración. Quien vuelve a maravillarse no habla igual.

 

Dios no se ha agotado. Él no ha terminado de hablar, de sorprender, de interrumpir amorosamente nuestras agendas. Tal vez somos nosotros quienes hemos llenado tanto nuestros días que ya no dejamos espacio para notar Su presencia.

 

Esta semana, elige una rutina cualquiera, algo normal que ya haces en automático, y decídete a habitarla de manera distinta. No para producir resultados ni para demostrar algo, sino simplemente para prestar atención. Hazlo como un pequeño acto de expectativa. Como una forma silenciosa de decir: “Señor, sigo aquí. Y todavía quiero escucharte”. Podría ser una oración sin pedir nada, un tiempo de silencio prolongado, un café sin el celular en la mano, un día sin redes sociales o un instante de atención plena.

 

Quizá no suceda nada extraordinario. Quizá no haya una experiencia intensa ni una emoción evidente. Pero tal vez comience algo más profundo: una sensibilidad renovada, una espera más humilde, un corazón un poco más atento.

 

Porque lo eterno no siempre irrumpe con estruendo. A veces lo hace en un susurro, en un detalle, en una pausa que decidimos no llenar. Y si lo eterno irrumpiera en tu rutina, no sería para desordenar tu vida, sino para recordarte que Él sigue presente en ella. Tal vez el verdadero milagro no sea que nuestras rutinas cambien, sino que nuestro corazón vuelva a asombrarse.

 

¿Y si esta semana no buscaras algo nuevo que hacer, sino una nueva manera de estar? ¿Y si lo eterno decidiera irrumpir justo ahí?

 

Porque cuando volvemos a esperar, incluso lo cotidiano puede convertirse en terreno sagrado.

 

 Foto: Desde el Avión (Diciembre 2025)

 
 
 

1 comentario


Ana Viader
hace 6 días

¡Qué preciosa y pertinente reflexión! Gracias por recordarme esperar con anticipación y sorpresa!

Me gusta
bottom of page